Tan Cerca el
Paraíso
Recordando estas vivencias, mis ojos se
humedecen, añoro a mi tierra linda, la bella “Perla de los Andes”.
Nos habíamos mudado a un chalet de la Av.
Pacheco, en la cuadra 5, 548 para ser exactos, yo tenía alrededor de 8 años,
esto quedaba al frente de un terreno que pertenecía a la SAIS Ramón Castilla, y
que literalmente para mí era la entrada al paraíso.
En este terreno jugamos con mis hermanos y
amigos, juegos muchas veces inventados en el momento, fui piloto de aviones y
mi avión era un árbol de mediana altura en cuya copa tenía una rama que hacía
de asiento y unas ramas mas los controles y era maravilloso sentarse ahí y
estar realmente por encima del suelo con el aire levantándome el cabello, sintiendo
el avión en pleno vuelo, era pirata bucanero,
empuñando una espada hecha de alguna rama de eucalipto, trepando el muro
que separaba la chara en 2, corriendo y fingiendo estar abordando un barco en
busca del botín, era indio piel roja que construía su cabaña con las ramas de
los eucaliptos que de vez en cuando podaban, nuestros arcos y flechas construidas
con las ramas más pequeñas amarradas con un trozo de pabilo o lana que robaba a
mi mamá, era soldado y las municiones que tenía eran los trompitos que caían de
los árboles de eucalipto, cuantas batallas se libraron en ese campo, algunas
ganadas otras perdidas, al final terminamos sonrientes todos con la ropa sucia
pero satisfechos de haber compartido los juegos, al finalizar el día volvíamos
a casa donde nos esperaba mamá con una cena caliente y exquisita, y sólo
pensando en que mañana volveríamos a ser lo que quisiéramos ser.
La entrada del campo estaba resguardada por tremendos arboles cuyos troncos eran bastante grandes y su follaje daba sombra a esa parte de la Av. Pacheco. Cuantas veces en las tardes de agosto el cielo se llenaba de colores, encantadoras cometas que zigzagueando subían hacia el cielo como queriendo volar a los confines del universo, al otro lado estábamos nosotros agarrando un palito donde teníamos amarrado el pabilo que sujetaba la cometa y era lo único que no le permitía salir volando libremente, aunque muchas veces se quebraba el pabilo y la cometa arremetía en un vuelo errante, pero el viendo hacia que perdiera estabilidad y cayera vertiginosamente al suelo quebrándose la turuna y desgarrando el papel cometa, pero todo tenía solución, pues teníamos los materiales a la mano para reparar el daño, al final quedaba la cometa arreglada rumbo al cielo.
En este tiempo siempre estuvimos jugando en esta área pero poco a poco comenzamos a adentrarnos por la derecha y seguíamos un caminito que nos llevaba hacia el rio, llegar hasta acá era toda una aventura, jugábamos mojándonos los pies, buscando bagres, que en muy contadas cantidades habitaban el rio que con muy poco agua discurría en esa época del año, con mi hermano y hermana mayor comenzamos a aventurarnos cada vez más arriba con dirección a Huanuquillo y descubrí la belleza natural de la zona, siempre al lado del rio a veces en el margen derecho otros en la izquierda según se acabara el camino, fue así que un día llegamos hasta Achuncha, y descubrimos un pozo hecho con palos piedras y barro, el agua almacenada en ella era transparente y mediría cerca de un metro de profundidad, desde ese día este pozo fue nuestra piscina, regresamos varia veces con nuestros trajes de baño y fue ahí que aprendí a bucear y nadar, poco importaba que el agua estuviera fría o que se ocultara el sol entre los árboles, lo nuestro era divertirnos en el agua.
Un día mi vecina llego de San Pedro de Cajas con un carnerito bebé y era tan bonito que encariñe con él y le pregunte a la Sra. Si me lo podía regalar, me dijo que no podía, al menos ese no, pero que me iba a regalar uno cuando volviera a viajar, pensé que era una buena salida para que me quede tranquilo, pero estaba equivocado, ella regreso con un carnerito blanco, bello y le pusimos como nombre “Tony”, yo tenía un perro ovejero llamado Bala y con él, mi amigo y los carneritos salíamos a pastear, y nuevamente entrabamos por la chacra rumbo al paraíso. Caminábamos al ritmo de los pachitos, Bala siempre pendiente de ellos, haciendo honor a su raza, me sentía como si estuviera viviendo en otra época y que mi vida dependía del criar ovejas.
Muchos años pasé fuera de mi querida Tarma viviendo en Lima la capital de este bello país llamado Perú, pero mis pensamientos siempre estuvieron fijos en mi amada tierra, extrañando la rivera, el rio, los caminos, el pozo, a mi Tony que termino al horno (pero esa es otra historia), mi mente divagaba mientras estaba en clases, soñando con estar nuevamente en el agua, o simplemente caminando por esos bellos parajes, regresé varias veces en vacaciones y me quedaba en casa de mi hermana, pero no pude revivir dichos momentos.
El tiempo pasó y ahora ya no hay entrada desde mi casa, solo hay casas y mas casas donde un día estaba el camino hacia el rio, las bellas chacras desaparecieron bajo el cemento, donde crecían los choclos ahora moran personas que nada saben de lo que he vivido en esos campos.
Si bien es cierto el camino que lleva a Achuncha cambio dramáticamente, este sigue igual, al menos lo estaba la última vez que fui, por eso digo Achuncha tan cerca el Paraíso.
Tito Arrieta

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